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Cuando dejamos de contemplar a JESÚS

por Andres M. Barros | 25 de Octubre 2025

Últimamente he estado pensando mucho en cómo los apóstoles se maravillaban de Jesús. No solo porque hacía milagros, sino porque veían en Él el cumplimiento de todo lo que la Palabra había dicho. Cada paso, cada gesto, cada palabra de Jesús les recordaba que Dios había sido fiel a lo que prometió. Ellos no estaban fascinados simplemente por lo sobrenatural… estaban fascinados porque la Palabra se había hecho carne.

Y me pregunto: ¿seguimos nosotros maravillándonos así? Hoy pareciera que la mayoría buscamos más lo que la Palabra puede hacer por mí que lo que la Palabra realmente es. Buscamos respuestas, promesas, dirección… pero pocas veces nos detenemos solo a contemplarla, a amarla, a dejar que ella nos confronte y nos transforme, aun cuando no dice lo que queremos oír.

No está mal querer que la voluntad de Dios se cumpla en nuestra vida —al contrario, eso es parte de la fe—, pero siento que hemos limitado a Dios a nuestras expectativas. A veces esperamos que Su Palabra gire en torno a nuestra historia, cuando en realidad nuestra historia debería girar en torno a Su Palabra.

Los apóstoles no seguían a Jesús solo por lo que hacía, sino porque reconocían en Él la vida misma. Hoy, sin darnos cuenta, corremos el riesgo de usar la Palabra como un medio para conseguir algo, y no como el fin mismo de nuestra búsqueda.

La Palabra no fue dada solo para aliviar nuestro dolor, sino para revelar quién es Dios. Y cuando la tratamos como un simple instrumento, perdemos su esencia.

“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” — Mateo 4:4

No dice “de toda palabra que me anima o me conviene”, sino de toda palabra. Eso significa que la Palabra no depende de lo que siento ni de lo que necesito, sino que ella misma es vida.

Vivimos tiempos donde se valora más el poder que la sabiduría, más la emoción que la verdad. Pero el poder sin sabiduría se vuelve fuego sin dirección, y la emoción sin verdad se apagarápido. Por eso creo que Dios está llamándonos a volver a lo básico: a buscar Su Palabra por lo que es, no por lo que nos da.

No para “recibir algo”, sino para conocerlo a Él. No para que cambie mis circunstancias, sino para que cambie mi corazón. Porque cuando amamos la Palabra por lo que es —vida, verdad, presencia— entonces sí experimentamos todo lo que ella produce: libertad, consuelo, propósito y transformación.

Quizás el desafío no sea pedir más revelación, sino volver a maravillarnos de que ya la tenemos. Dios habló. Y sigue hablando. Y eso, por sí solo, debería asombrarnos.

Y es que contemplar al Señor es el punto al que toda la Palabra nos quiere llevar. Así como los discípulos en el camino a Emaús, también nosotros podríamos decir:

“¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lucas 24:32

Cuando Cristo mismo abre la Escritura, el Espíritu Santo enciende el fuego del entendimiento, y ese fuego no se apaga, porque proviene de Su presencia. No se trata de acumular conocimiento bíblico, sino de ser encendidos por Aquel de quien toda la Biblia habla.

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” — Juan 5:39

La Palabra no apunta a una emoción, sino a una Persona. Y esa Persona es Cristo, el Pan vivo que descendió del cielo:

“Yo soy el pan de vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.” — Juan 6:48, 54

Cuando nos acercamos a la Biblia buscando a Jesús y no solo respuestas, dejamos de leer por necesidad y empezamos a mirarlo con adoración. En esa contemplación, el Espíritu Santo hace arder el corazón y nos transforma:

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” — 2 Corintios 3:18

Porque Su Palabra no solo guía nuestro camino —como dice el salmista—

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” — Salmo 119:105

Sino que enciende en nosotros el fuego de una adoración genuina, esa que no busca el beneficio, sino la belleza de Su rostro. Y cuando ese fuego se enciende, ya no se busca la Palabra por lo que hace, sino por quién es. Contemplar a Jesús en Su Palabra no es un acto religioso: es el encuentro vivo con Aquel que da vida eterna y hace arder el corazón del que le mira.

Por Andrés Barros

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